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Los días transcurrieron de la misma forma en la que habian llegado: juntos. No le quitaba los ojos de encima a Jana, no sólo porque se sentía más enamorado que nunca de ella, también por miedo.

La familia de Aemond no lo miraba con amor; tan sólo su madre lo hacía, pero en esa mirada también se mezclaba remordimiento. Ella sabía que sus hijos podrían morir pronto, todo dependía de la muerte del Rey.
El tuerto era muy distinto en casa: serio, de andar derecho y estoico, también de pocas palabras. Era un buen escucha de los mayores, y no perdía la oportunidad de aprender algo sobre el rei
 
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AemondTargaryen · 31-35
La tensión era increíble. Nadie parecían querer tocar el tema del sucesor, aunque Rhaenyra ya hubiese sido declarada como ello. Nadie la seguía, y los pocos que la apoyaban le temían a su esposo.

Aegon era un títere de su madre y su abuelo. Sabía que se reunían en secreto, y por algunas reuniones a las que acudió se enteró que pensaban tener todo bajo control; error fatal. Tuvo que encargarse él mismo de mantener el pueblo bajo control, así que las ocupaciones lo hicieron no ver a Jana en días, tampoco saber qué ocurría con ella.

Pedía que se le informara si estaba bien, entonces seguía con sus asuntos. Dormía bastante tarde, luego despertaba temprano. Corría de aquí a allá, hasta que el día llegó.

Aegon intentó asesinar a Rhaenyra y ella declaró la guerra. Sin avisar se fue a Rocadragón a planear sus movimientos, y con ello llegó otra noticia que lo dejó helado.

Jana no estaba.
 
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