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Los días transcurrieron de la misma forma en la que habian llegado: juntos. No le quitaba los ojos de encima a Jana, no sólo porque se sentía más enamorado que nunca de ella, también por miedo.

La familia de Aemond no lo miraba con amor; tan sólo su madre lo hacía, pero en esa mirada también se mezclaba remordimiento. Ella sabía que sus hijos podrían morir pronto, todo dependía de la muerte del Rey.
El tuerto era muy distinto en casa: serio, de andar derecho y estoico, también de pocas palabras. Era un buen escucha de los mayores, y no perdía la oportunidad de aprender algo sobre el rei
 
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AemondTargaryen · 31-35
Fue un momento tan pleno y natural que no hubo duda o nerviosismo alguno en la ceremonia. Todo aquello se sentía bien, demasiado, como si estuviese destinado a ocurrir en su vida, y le encantó que fuese con ella. No le quitó los ojos de encima, incluso acarició su mejilla con el dorso de su mano de vez en cuando; todo salió bien. Nada hizo falta.

Pagó una buena suma por una copia certificada de la unión, escrita y sellada por el sacerdote y firmada por los testigos. Le entregó ese documento a Jana, como si fuese una especie de póliza. Si algo le sucedía y ella quedase embarazada eso era la prueba de su identidad.

— Por más lindo que Jana Targaryen suena, de momento no podrás usarlo. Pero recuerda, ahora ese es tu verdadero nombre. — Besó su frente, ya de salida de la ceremonia.
 
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