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[Continuación.] -La ráfaga de aire echaba su cabello hacia atrás, los ojos se cerraron como si fuera una especie de hippie aprovechando el bello gusto de la naturaleza que resalta entre tanto panorama urbano.
 
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¿Que tan oscura puede ser un alma? ¿Qué tan podrido estaba? Seikichi siente como el corazón le da tantas vueltas en su cuerpo que parece salir corriendo por él, la vida como un sendero lleno de espinas que se clavan en cada paso que imagina que dará, la respiración se le corta en su fervor humano. El terror es así para un Maestro, una sensación que aparenta ser desconocida hasta el momento que ocurre, y ahí no hay paz que sirva para esos ojos de tigre que se hacen miedo puro en ese color de almendras que tanto ama machacar a los patéticos, a los vulgares y a los mundanos, pero un monstruo es un monstruo. No hay escapatoria de lo que ve, jamás podrá borrar de su mente la figura de ese amable anciano alzándose con ese rostro de cenizas, repitiendo algo que nadie logra entender del todo, posiblemente ni siquiera el propio policía imbuido en traje de demonio. La mandíbula del Maestro se frunce, y si tuviera dientes, garras, si su apodo fuese algo real se lanzaría en sus encimas con una...
 
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