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[Continuación.] -La ráfaga de aire echaba su cabello hacia atrás, los ojos se cerraron como si fuera una especie de hippie aprovechando el bello gusto de la naturaleza que resalta entre tanto panorama urbano.
 
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Fusakennayo. Le insultó, claramente y conciso, lo mandó al averno del cual en primer lugar jamás debió haber salido, le observó esos ojos que tenía ¿Como podía un ser de esa indole crear un imaginario bermellón que no existía para la mente del tatuador? Estos monstruos deshacían y hacían sus sensaciones como si fuese agua siendo presionada por un par de ramas en su precioso estanque, no había mucho remedio para evitarlo y Seikichi lo sabía de antes, ya sus manos habían sido testigos de que su terquedad de nada servía en un momento así, pero aún así, no tenía ni la menor intención de ocultar lo mal que le caía ese akuma, no tanto como los otros dos, a los cuales les sacaría el corazón con ambas manos, metafóricamente claro, pues jamás el Tanizaki había levantado su mano para otra cosa que no sea tatuar. Pero eso no quería significar que no fuese cruel, para nada, si algo le ganaba a su orgullo era su sadismo, un sadismo visceral y totalmente...
 
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