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— Qué desastre... — Murmuró mientras se asomaba bajo esa sala de juntas. Nadie en ese sitio sabía conectar cables de forma decente. Ahí abajo había una telaraña, y por supuesto la organización se la habían dejado al pasante.
Apenas tenía una semana allí, y después de su capacitación empezó a ver todos los detalles; su presencia si que era necesaria. Se sentó debajo de la mesa, justo en el centro; sus pies sobresalían a la vista.
Le costó demasiado concentrarse. Taconeos a todas partes, risas de mujeres, no había nunca silencio allí. Suspiró, qué fuera de lugar se sentía; odiaba la "moda".
 
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AemondTargaryen · 31-35
Mierda, la palabra mágica: jefe. Se detuvo y soltó un suspiro resignado, para quedar de perfil ante ella.

No tenía opción, debía voltear. Si bien de lado sus facciones eran afiladas, cuando se puso de frente le mostró que de esa forma era mucho más atractivo; sus defectos eran disimulados de esa manera.

Allí su ojo se encontró con los ajenos. Intento disimular su atracción por ella con desinterés.

— Me llamo Aemond. — Sabía cómo lo llamaban: "El tuerto"; ya estaba acostumbrado. Era después de todo una característica inusual y obvia.
 
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