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36-40, F
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Nexialist · 26-30, M
[med]El primer bosquejo de desamparados[/med]

Descontenta es la justicia cuando los hombres añoran poder sobre el resto de seres, no hay tanta crueldad en el universo como la que pueda mostrar un simple mortal con la confianza necesaria para blandir aquellas armas sobre gente que busca existir con inocencia. De cierta forma aquél acto de rebelión tan fugaz por parte de un espíritu salvaje que jamás se había visto causó que algunos mercenarios se unieran a la caravana de esclavos como apoyo ante la rebeldía de algunas "criaturas".

¿Por qué tan desesperado? Cuando la lanza golpeó el brazo del hombre también lo inutilizó a pesar de su armadura y musculatura. Un trol sintió ese hálito de adrenalina y se alocó entre cadenas hasta romperlas durante el proceso de captura de la propia pegaso que pareció, según el propio ladronzuelo que vigilaba las preparaciones desde la distancia, un acto irónico de heroísmo.

Se notaba la peste en la mirada de este hombre, Jhyan, cuyos ojos brillaban en matices carmesí bajo la capucha de tela cuando se cruzó con las doradas pupilas de la mujer, no duró mucho no sólo por la caminata que comenzaba sino porque el trol fue asesinado a base de cortes de espadazos lo bastante ruidosos como para distraerse, "es irremediable llevar algo tan peligroso durante todo este camino" justifica el que parece liderar los carromatos cuando da el primer azote a los caballos para que comience la andada.

Partieron de la ciudad horas antes del atardecer.


Cinco jinetes y cuatro mercenarios, dos jaulas sobre ruedas con las criaturas más débiles y cadenas con grilletes de púas para los que parecen más fuertes e inquietos. Claro que la "potrilla" fue de estos últimos, el dolor de las heridas no parecía ser lo único a soportar. "Los desgastaremos durante el camino, los que sobrevivan podrán servirnos como gladiadores, mejor que en Ciudad de la Calma".

El azabache que los espiaba tan atento terminó siendo uno de los que se ofreció como resguardo para controlar que nadie trate de liberarse otra vez. Tras ese par de horas de empezar a viajar decidió llegar hasta un lado de la mujer con rasgos equinos mientras parecía cargar algo en la boca, algo que se retorcía con un suave ruido grotesco y húmedo. Una flema que escupió frente al andar ajeno, el soldado herido se apartó un poco por el asco.

¿Qué tan mal estás, yegua? Un susurro, grave como el crujir de montañas a segundos de un derrumbe, escapó del encapuchado de porte torcido. Se ve que bastante. Casi instantáneo luego de que la ojeada no se limita sólo a lo más sugerente sino a los más ínfimos detalles que pudiera ver en Lilly. Algo dificultoso durante el ocaso que finalmente llegaba, el sol a espaldas de ellos empezaba a dejar de acariciar los árboles que seguían al camino de tierra que parecía perderse en el horizonte del este que empieza a asomar una blanquecina luna llena en la cual él parecía estar más camuflado.

Jhyan iba acompañado por brotes de ceniza sobre cota de cuero ennegrecido por lo que parecía ser carbón según el olor, como quien acaba de revolcarse entre tablas quemadas y cenizas, ofusca cualquier olor insípido que pueda traer uno de su estirpe. Si, a simple vista parecía ser un joven hombre común pero algo no estaba bien con él, con su cadavérica presencia incluso con pocas palabras podría helar incluso el corazón más valeroso y colérico. Ese alarido interno es entendido por cualquier ser como "la bestia interna", como si su instinto primigenio estuviera creciendo a pasos agigantados a la espera de algo.



Un movimiento sutil de su mano reveló, bajo su brazal, un pequeño trozo metálico que apenas superaba dos uñas en grosor. Algo tan delgado que fácilmente se puede perder en las manos de un niño, una ganzúa que parecía ofrecer a la de cabellos dorados con una insolencia tan sigilosa que parecía no ser confiable en la facilidad que tiene para intentar ayudar. <¿Enserio vas a liberar a la más sospechosa?> Piensa el otro que en la mente del azabache susurra blasfemias. Mismas que son contestadas en voz alta como un entonar de graves saliendo de su garganta arenosa y seca.- ¡Qué desagradable e inmunda criatura, los ojos en el suelo! -Trató de atizar el puño contra las muñecas de la pegaso, la ganzúa ya estaba en mano para clavarse contra los grilletes. Los jinetes oyeron al mercenario y les pareció normal el maltrato, algunos incluso rieron.
 
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