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EmmaVanity · F
Un pase, un solo pase y el entrenamiento terminaba; pero cuando Vanity recibió la quaffle supo que el dolor proveniente de su muñeca no tendría fin pronto. Repiró hondo mientras descendía a gran velocidad intentando no pensar en ello, no iba a mostrar debilidad ni preocupar al resto. —Excelente entrenamiento, no me decepcionen el sábado.— Exclamó con fingida alegría, antes de dar un saludo general, recoger sus pertenencias y dirigirse a paso rápido a la sala común.

En su habitación, examinó su muñeca y dado su largo historial de heridas en el pasado, llegó a la conclusión de que estaba esguinzada. Mientras la vendaba pensaba en sus opciones: lo más lógico sería recurrir a la enfermería, ese tipo de lesiones solían ser curadas con una poción sencilla y reposo. Pero contando con el tiempo mínimo e indispensable para sanar y sabiendo que si la enfermera descubría la herida no la dejaría jugar, descartó esa opción de inmediato.

Segunda opción, podía hacer ella misma la poción, sabía cual necesitaba e incluso los ingredientes y su procedimiento. El único detalle era que ya había fracasado estrepitosamente en el pasado, al intentarlo su caldero explotó.

Tercera opción y la que menos le gustó, pedir ayuda. Necesitaba a alguien que estuviese más avanzado en pociones (por lo tanto mayor) y que a pesar de ser Slytherin no perteneciera al equipo de quiddtich. Su rango de búsqueda comenzó a restringirse cada vez más, en sí porque no sentía adecuado confiarle el futuro del equipo a cualquiera.

Sin llegar a una conclusión, volvió a la biblioteca por más material sobre pociones curativas, preparando una cuarta opción y ahí fue cuando lo vio. Sentado a metros suyo, iluminado por la cálida luz que entraba desde los grandes ventanales, la respuesta a su larga búsqueda. Tanto Snape como ella, frecuentaban las mismas personas y es probable que hayan tenido alguna interacción durante su tiempo en el castillo; pero Emma nunca le había prestado tanta atención como ahora.

Con esta nueva posibilidad en su horizonte, decidió ponerse en acción lo más pronto posible. Se sentó en la mesa del muchacho y se quedó en silencio observándolo por unos minutos buscando el momento correcto para intervenir. —Buenas tardes, Severus. —Las palabras se escaparon de una pequeña sonrisa que esbozó, en modo de disculpa, por interrumpirlo en sus tareas.