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100+, M
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AkiyamaMasao · 100+, M
Los brumosos días se habían ido junto al eterno constante tiempo, al igual que su precaria fe.
Estaba inmerso en las seductoras tinieblas, amando con fidelidad cada una de ellas. Pero ahí, donde él rige con horror sus ojos cárdeno bramaban un pasional furor; estaba fundido en cólera de aquello que nunca sucedió.

No descansaba, después de todo los susurros de las paredes traían secretos inmemoriales de cuando aún el mundo era virgen y joven. De esos eones donde aún Ellos no habían descendido de las lejanas estrellas y de verdad existía paz.
Pero luego un sospechoso silencio envolvió su magna y primordial fortificación, como si fuera el último vestigio de una larga tranquilidad. En su semblante una sádica sonrisa no se pudo hacer esperar y justo después la tormenta se avecinó, escoltada de estruendos que auguraban caos, también una sanguinaria guerra.

Realmente viniste.

El cielo chillaba, las bestias cósmicas en las sombras de su castillo disfrutaban y su felicidad se representaba en aquellos sonidos guturales extraordinariamente desagradables.
Posteriormente el suelo crujió y su alcázar se tambaleó en armonía con ese abrupto tremor, de los longevos muros polvo brotó, habían pasado siglos desde la última vez que algo parecido acaeció.

Delineó con su lengua su labio superior en señal de excitación y se movilizó a donde había escuchado aquella calamitosa explosión, pero con un espectral transitar, lentamente haciéndose esperar. Intencionalmente, lo quería irritar.
Aunque también yace la gran posibilidad que la rabia del visitante se diluya con el paso del tiempo por el embriagante olor que abrazaba a sus dominios, esa loción infernal y afrodisíaca que expele naturalmente de sus poros y anda correlacionada con su energía mortalmente ponzoñosa que es creciente, ya que progresivamente transforma el maná de los alrededores a una versión vil, como si fuera una reacción en cadena. Todo accionado por él, ese Engullidor de Sueños que desde ya había iniciado a prepararse.

No tardó mucho en emerger de las profundidades de su baluarte y por fin mostrarse a una decena de metros de aquel nórdico, con solo su hakama gris y su espada, atada en los costados de su cadera por el cinturón.
Su tren superior estaba expuesto, exhibiendo aquel indeleble blasón de Umbra Eterna en su pectoral izquierdo. No era él, pero esta marca definitivamente exponía la conexión mórbida que tenía con ese heraldo del espacio exterior.

Lamentablemente para ti, Él no anda aquí, «León de Midgard.»
Solo soy yo, «El Verdugo de los Dioses del Cosmos.»
Puedes llamarme Carnifex.

Detrás de esas cordiales palabras había un matiz de misterio insondable y una sonrisa inmoral, era un encuentro de ensueño con un camino muy incierto.

Además, las partículas de su Perfume-Noxius navegaban por todo el ambiente disimuladamente y se impregnaba a la superficie de cada cuerpo presente para estimular de forma erógena y darle un mayor efecto a su hedor penetrante que levanta los instintos primarios, esos de lujuria e interminable fervor.
Caer en el yugo de los pecados era tan provocador y a día de hoy no hubo ser que escapara de las zarpas de esa erótica tentación.