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AkiyamaMasao · 100+, M
Claman los antiguos escaldos que los æsir solo buscan a los más “egregios belígeros”, recitan los vetustos escaldos que las valquirias solo guían a la puerta dorada a quienes dejan surco en el mundo de los hombres.
Selectos y “faustos” aquellas almas bañadas en “grandeza” que logran cruzar el umbral del valhalla y pueden sentarse ante los Dioses débiles y frágiles oriundos de la tierra.
“Privilegiados” los humanos que fueron avasallados, ¿cuál fue su castigo por caer derrotados?
Ir al salón de los caídos y gozar de placeres mundanos junto con las divinidades arquetípicas. Deidades endebles y pusilánimes ante su reciente visión religiosa. Entendía la vasta cantidad de mitologías pero la nórdica era una de las más estultas, después de todo mandaban a sus inoperantes creyentes a la sanguinaria guerra y perecer no era más que una bendición para los escandinavos. ¿Qué sentido tenía?, era irónico, leones sin melenas comandados por ideologías de ovejas.
–No entiendo porque aún ustedes no exterminan a esos minusválidos seres, no concibo el motivo de que esos entes terrenales permanezcan en la faz del planeta. Son incompetentes que solo viven encadenados al banal “deleite” de la gula, malditos gordos. No hacen más que comer...
El de hebras azabaches no podía parar de cavilar sobre porqué ellos aún no castigan a los que yacen en Asgard.
Se mantenía sentado en un cómodo sillón, inclinado hacia la vanguardia y con ambos de sus codos apoyados en sus rodillas abiertas. Las manos estaban caídas, su atisbar direccionado al poluto suelo y con un semblante austero empapado de preguntas sin respuestas. Fue ahí cuando decidió divisar al frente y vislumbró una ya cotidiana efigie amorfa creada por tentáculos pero en vez de ventosas tenía ciclópeas púas puntiagudas, de tonalidad purpúrea, de no más de dos metros.
La susodicha le comenzó a susurrar en un dialecto arcaico y el sonido era uniforme, provenía de todas las direcciones pero ciertamente a la vez de ninguna. Era algo ilógico y técnicamente quimérico, esa resonancia inefable era perenne y producía un eco que cada vez era mayor, se volvió estruendoso el habla críptico de esa criatura que parecía que provenía de los más pavorosos cuentos de horror cósmico. El rōnin se levantó impetuosamente, alterado por el bullicio... No lograba entender el idioma de esa criatura onírica, solo sentía la perversidad que brotaba de ella y sin tolerar más realizó un fugaz movimiento con su mano de derecha a izquierda, impactando con esa figura irregular. Fue ahí cuando se diluyó dejando una estela en su anterior ubicación.
–¡Sí!, Ya entiendo... Que estúpido fui, ¿cómo ustedes qué son Dioses universales se van a preocupar por deidades arquetípicas?
Inicio a comprender su pensar cósmico.
Realmente nunca había aparecido nada, todo fue producto de su mente corrompida por los conocimientos de los Dioses Exteriores y su noxius.
Ya era normal para él sufrir ataques psicóticos, los delirios y alucinaciones lo agobiaban constantemente.
Más no tenía que desviarse de su ideal, si ellos no actuarían lo haría él y ahora que recuerda en un pasado cuando estuvo en las tierras de Europa del norte—Suecia—; escucho entre los fragores de batalla un nombre que se repetía perpetuamente, un nombre que al parecer era distinguido por esos lares, por lo menos en los tiempos que él estuvo acabando con los descendientes de los delicados vikingos. Era un tal «Svengard», su información se limitaba al solo nombre, más no sabía si lo recordaba bien, después de todo han pasado siglos de aquel momento.
Por alguna razón decidió intentar llamarlo, quería conocer más de los seres vulnerables.
–Svengard... Ven, ¿o solo eres un mito?
Svengard... Ven, ¿o solo eres un farsante?
Aparece o sigue oculto para siempre.
Selectos y “faustos” aquellas almas bañadas en “grandeza” que logran cruzar el umbral del valhalla y pueden sentarse ante los Dioses débiles y frágiles oriundos de la tierra.
“Privilegiados” los humanos que fueron avasallados, ¿cuál fue su castigo por caer derrotados?
Ir al salón de los caídos y gozar de placeres mundanos junto con las divinidades arquetípicas. Deidades endebles y pusilánimes ante su reciente visión religiosa. Entendía la vasta cantidad de mitologías pero la nórdica era una de las más estultas, después de todo mandaban a sus inoperantes creyentes a la sanguinaria guerra y perecer no era más que una bendición para los escandinavos. ¿Qué sentido tenía?, era irónico, leones sin melenas comandados por ideologías de ovejas.
–No entiendo porque aún ustedes no exterminan a esos minusválidos seres, no concibo el motivo de que esos entes terrenales permanezcan en la faz del planeta. Son incompetentes que solo viven encadenados al banal “deleite” de la gula, malditos gordos. No hacen más que comer...
El de hebras azabaches no podía parar de cavilar sobre porqué ellos aún no castigan a los que yacen en Asgard.
Se mantenía sentado en un cómodo sillón, inclinado hacia la vanguardia y con ambos de sus codos apoyados en sus rodillas abiertas. Las manos estaban caídas, su atisbar direccionado al poluto suelo y con un semblante austero empapado de preguntas sin respuestas. Fue ahí cuando decidió divisar al frente y vislumbró una ya cotidiana efigie amorfa creada por tentáculos pero en vez de ventosas tenía ciclópeas púas puntiagudas, de tonalidad purpúrea, de no más de dos metros.
La susodicha le comenzó a susurrar en un dialecto arcaico y el sonido era uniforme, provenía de todas las direcciones pero ciertamente a la vez de ninguna. Era algo ilógico y técnicamente quimérico, esa resonancia inefable era perenne y producía un eco que cada vez era mayor, se volvió estruendoso el habla críptico de esa criatura que parecía que provenía de los más pavorosos cuentos de horror cósmico. El rōnin se levantó impetuosamente, alterado por el bullicio... No lograba entender el idioma de esa criatura onírica, solo sentía la perversidad que brotaba de ella y sin tolerar más realizó un fugaz movimiento con su mano de derecha a izquierda, impactando con esa figura irregular. Fue ahí cuando se diluyó dejando una estela en su anterior ubicación.
–¡Sí!, Ya entiendo... Que estúpido fui, ¿cómo ustedes qué son Dioses universales se van a preocupar por deidades arquetípicas?
Inicio a comprender su pensar cósmico.
Realmente nunca había aparecido nada, todo fue producto de su mente corrompida por los conocimientos de los Dioses Exteriores y su noxius.
Ya era normal para él sufrir ataques psicóticos, los delirios y alucinaciones lo agobiaban constantemente.
Más no tenía que desviarse de su ideal, si ellos no actuarían lo haría él y ahora que recuerda en un pasado cuando estuvo en las tierras de Europa del norte—Suecia—; escucho entre los fragores de batalla un nombre que se repetía perpetuamente, un nombre que al parecer era distinguido por esos lares, por lo menos en los tiempos que él estuvo acabando con los descendientes de los delicados vikingos. Era un tal «Svengard», su información se limitaba al solo nombre, más no sabía si lo recordaba bien, después de todo han pasado siglos de aquel momento.
Por alguna razón decidió intentar llamarlo, quería conocer más de los seres vulnerables.
–Svengard... Ven, ¿o solo eres un mito?
Svengard... Ven, ¿o solo eres un farsante?
Aparece o sigue oculto para siempre.