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Kintaro · M
— Habían pasado varias noches y días desde su convocación, y ya que no había indicios de una guerra ni tampoco rastro del grial pudo notar como Rin se ocupaba en su vida cotidiana y estudios tanto como maga como aquellos en la secundaria, lo cual le hacía pensar más y más acerca de la razón del porqué había sido convocado. Aquel hombre de cabellos oscuros llamado Diarmuid, quien fuese sin duda bendito con gran carisma, parecía acarrear una maldición que le perseguía inclusive en sus otras vidas. Ya antes había muerto por la mano de su señor Fionne, quien no salvó su vida, y ya en la guerra anterior había muerto a las manos de su propio Master por una orden cobarde, y ahora las cosas no iban muy diferente, había partido a dejar sus respetos a aquellos que ofendió en el pasado, dejar ir, y una vez más la vida se había encargado de demostrarle que esa maldición no le dejaría en paz. Era un personaje trágico aquello estaba escrito para él.

No era difícil percibir si Rin estaría en problemas y podría llegar a ella en cuestión de segundos, pero habían pasado días sin ser llamado, sin ir a pasear o conversar, últimamente se la pasaba sentado en una rama del patio, en forma invisible vigilante de su Master, sin decir o hacer mucho más. Sucesos recientes le habían causado acudir a la soledad, pero eso no le evitaba el continuar su labor de cuidarla, ya que sabía que ella tenía una vida fuera de esa guerra y la magia, y Lancer no deseaba interrumpirla, o al menos aquello era su consideración.

Aquella noche, hacia las diez de la noche se encontraba en esa misma rama, por capricho había tomado su forma humano utilizando aquel uniforme verde de batalla, en su diestra tenía una manzana, y en silencio observando hacia la habitación de su convocadora cuya luz se mantenía encendida, daba mordida a aquella fruta, uno de los pocos placeres de tener un cuerpo físico en esta época, el volver a sentir los pequeños deleites de la vida, como lo era disfrutar sabores en sus papilas gustativas.
 
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