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Era un campo de batalla. Siempre era un campo de batalla. Un campo de batalla donde se encontraban del lado perdedor. Habían sido el lado perdedor por mucho tiempo ahora. Esos monstruos invadieron su paz, tomaron su país, y mataron a sus amigos. La voluntad de los monstruos era más débil, pero sus armas eran más fuertes y eficaces, su número más grande. Una fuerte determinación puede seguir jugando hasta el final, pero una vez que ha llegado a su fin y no hay nadie a espaldas para ocupar su lugar, incluso el más fuerte va a perder ante los débiles.

Tatsuma presenció como aquellos llamados 'Amantos' mataban hasta que el suelo bajo sus pies estaba pintado de rojo. Ahí estaba Tanaka, un chico de catorce años de edad, que se había unido a las filas hace un mes después de que su hermano nunca volvió a casa. El pobre Tanaka ni siquiera duró un minuto peleando contra uno de esos Amantos con cara de león. También estaba Hachiro. Con quien había compartido sake junto a la hoguera la noche anterior. Ahora Hachiro se encontraba mirando hacia aquel mórbido cielo gris, con ojos vidriosos, y con el terror plasmado en su rostro.

Tenía que hacer algo. Tenía que protegerlos de alguna manera. Su espada estaba justo en frente de él, pero cada vez que trato de recogerla fracasó. Cada vez que intentaba ponerse de pie, la falta de aire en los pulmones y el dolor en el pecho lo dejaba tirado sin poder hacer nada en aquel suelo húmedo y frío. Sakamoto Tatsuma estaba fallando a sus compañeros, sus amigos, y sobre todo a sí mismo. No podía proteger a nadie.

Fue entonces que alguien se detuvo frente a él. Tatsuma reunió la última fuerza en sus músculos doloridos y miró hacia arriba, preparado para ver uno de esos monstruos. Solo para encontrarse con un guerrero de apariencia humana, uno que podría pasar como cualquiera de ellos. El extraño enemigo recogió su propia katana y la levantó para dar el golpe que iba a poner fin a su vida. Tal vez era lo mejor. Tal vez sólo debería morir. Sería tan sencillo. No más dolor, no más pesar. Estaba a punto de morir por su propia espada. Algo irónico, pensó. No había nada por qué vivir, pero no había nada atractivo en la muerte, tampoco. Aún así aquella voluntad débil para vivir no detuvo el arma mortal que venía en su camino; no impidió que el fluido vital carmesí inundara su alrededor. El terrible dolor fue reemplazado con adormecimiento y frío, finalmente cayendo en la oscuridad.

Había perdido.
 
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