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Sólo Rol || No Yaoi || No Rol +18
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El periodo sengoku, una época aún influenciada por lo que muchos considerarían una pandemia de criaturas demoníacas y espíritus atacando las aldeas feudales pese a la destrucción de Naraku. Aquel ameno día, de radiante sol y brisa refrescante, servía como complemento perfecto para un errante y altivo ser de gran porte, serio e inmisericorde... la albina criatura, con rasgos fuertes y una apariencia física que se asemeja a la de un ser humano con largos cabellos blancos, pero cuya esencia trasciende mucho más a esa especie, denotándose en afiladas garras, orejas en punta y un conjunto de habilidades físicas y mentales que logran superar la barrera de lo naturalmente humano, aquel ser, de franjas en su rostro y una media luna en la frente, era el descendiente primogénito del gran perro guardián del norte, un DaiYokai que responde al nombre de Sesshomaru y que vestía un atuendo característico a ese periodo histórico, usando un kimono blanco con adornos rojizos y flores de loto, una pechera tipo samurai con una vaina para guardar sus dos katanas, una hombrera metálica con puntas mientras que el adyacente hombro contrario tenía una larga estola blanca, que era una extensión más del cuerpo del demonio canino más poderoso y cuya edad podía remontarse perfectamente a más de mil años.

Han transcurrido cerca de dos años desde que dejó a Rin en una aldea con humanos, esa mañana, el gran Sesshomaru había decidido caminar lejos de su sirviente Jaken quién se encargaría de llevarle telas para vestir a su antigua e infante acompañante, el yokai merodeó el territorio donde alguna vez su medio hermano había sido flechado logrando distanciarse de él y su padre en una época bélica entre monstruos... Sólo miró aquel posó y decidió seguir su camino en silencio, tras algún par de minutos, sus sentidos percibían algo nuevo, era un aroma que no se reconoce fácil en su época, algo o alguien estaba siguiendo los pasos de aquel déspota demonio, por lo cual, decide prepararse para actuar si fuese necesario, no obstante, mantiene su ritmo lento en su ruta, prestando atención a todos esos estímulos ambientales que pudiesen darle más pistas del intruso que lo asechaba.



Era un momento solemne, entraba en comunión con todos sus sentidos para percibir y darse una idea de quién lo seguía, aparentando caminar sin aparente rumbo... En definitiva no era una bestia, animal o un humano ordinario, su aroma emanaba una fragancia más semejante a la que rodeaba la humanidad de Kagome, era probable que alguien haya atravesado algún umbral para llegar al territorio que él ronda de manera nómada. El crujir de las hojas caídas y los movimientos de las ramas cada vez más cercanas a él hacen que detengan súbitamente su caminata, sus ojos color miel se cerraron bajo los párpados, su brazo derecho se doblo para que su mano pudiese sentir su estola, mientras abre y extiende los dedos de su mano libre para preparar sus garras, si esa personalidad no estaba dispuesta a dar la cara, entonces él le haría salir de su escondite por la fuerza.

- Aparece o te destruiré. -


Acotó el demonio canino, no era muy elocuente y no necesitaba serlo, mucho menos accediendo a la amabilidad, le molestaba la conducta ajena, aún yace inmóvil y a la espera del reporte de ese anónimo, le daba la oportunidad de darle su nombre antes que fuese a atravesar sus garras sobre su tráquea.