i’m the captain of slytherin and my own faith. | ᴍᴀʀᴀᴜᴅᴇʀ's ᴇʀᴀ ʀᴘ
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JB1535635 · F
Mucho más que intimidarse por un palo de madera siendo apuntado en su dirección, Jenna se quedó atónita al ver cómo esa desconocida tomaba a Dantalion como si se tratara de una creación de Dios cuando era totalmente lo contrario. ¿Sería que ese demonio le había chupado el cerebro y ahora la tenía bajo su control? Por Samael, qué horror. Tenía que cuidarse de chupadas de cabeza, sin duda alguna. Su ceño fruncido y su mirada asesina fueron hacia la lagartija que, aún en cuatro patas, la observaba. Bane juró que incluso le sonrió. ¿Que cómo sonreía una lagartija? Simplemente lo hacía y tú te dabas cuenta. Ella lo estaba haciendo conforme su agarre en el mango de su arma se acentuaba. Los nudillos se volvieron blancos y de sus labios casi, ¡pero casi!, salió un gruñido. Finalmente, su mirada azul viajó hacia la intrusa.
Rubia, piel de porcelana, alta y toda la apariencia de un bonito angelito. De esos que te frustraban los planes como abrir en dos a una lagartija en venganza a unas botas hechas mierda. Jenna colocó los ojos en blanco. La rizada tenía todo un repertorio de impresiones. Desde las que debía utilizar en la Asociación Alois para demostrar al resto de la sociedad de reencarnados que no era un caso perdido hasta la genuina alegría y entusiasmo con los cuales recibía a sus amigos a sus brazos. Pero, entre esos dos extremos, habían diferentes escalas de grises—. ¿«Empezaría»? —como por ejemplo ese: Jenna enarcando una ceja conforme evaluaba la audacia de aquella de hablarle así. La reencarnada negó lentamente con la cabeza conforme reunía la misma audacia de la contraria para apuntar con el arma hacia la lagartija, la cual retrocedió en un gesto falso de temor. ¡Había sido testigo de Dantalion lanzándole el Libro de los Muertos a Salias en toda la cara!
Ni ella se osaba a ser tan desgraciada:— Vamos a hacer algo acá, bonita. Tú no vas a decirme qué hacer y yo voy a arreglar mis asuntos con esa pequeña bestia de cuatro patas. No pintas, literalmente, nada entre esa lagartija y yo. Es más, si fuera tú me alejaría de ese capullo escamoso, todo lo que atrae son problemas —con consejito y todo.
Jenna esperó que eso funcionara y la rubia bonita que, ojalá, no tuviera una pizca de la insoportable de Johvanna Holmes se retirara de escena; sin embargo, Dantalion decidió jugar sus cartas una vez más cuando dio un salto del alfeizar hacia el brazo de la rubia—. Dantalion... —empezó la rizada en un tono de advertencia, pero la lagartija continuó con su camino hasta que llegó al cuello de la desconocida, refugiándose allí y causando en la reencarnada unas terribles náuseas de tan solo imaginar esas mismas patitas caminando por su piel. Un verdadero asco.
Los ojos reptiles del demonio se clavaron en ella y cuando le sacó la lengua, Jenna liberó una mano del arma para señalarlo con este:— Estúpida bestia inmunda de los mil demonios —maldijo la eterna antes de bajar el arma, poco dispuesta a cercenar la cabeza de una desconocida solo porque tuviera al bicho ahí refugiado. Con un golpecito de la punta inferior del arma hacia el suelo, este se envolvió en un resplandor que acabó en su dedo meñique de la diestra con la forma humilde de un bonito anillo. Dantalion volvió a sonreír y Jenna lo fulminó con la mirada. Fueron unos bonitos segundos llenos de tensión. Estos acabaron cuando la rizada soltó una exhalación que tenía bastante de resignación y muy poco de conformidad. Levantó las palmas mostrándolas a ambos costados —conteniendo el claro y natural impulso de sacudirlas cuales jazz hands, porque: chica de cultura— y observó de nuevo a la rubia pinta-de-ángel:— La primera regla de las amenazas: no pides nombres, porque eso te involucra más en el crimen —la experiencia hablaba—. No sé qué es lo que es una varita, pero si te refieres a mi arma, está segura y resplandeciente, lista para recibir a esa lagartija que sigue contigo, ¿sabías que tiene una dueña, chica? —hasta podría inventarse que la dueña estaba desconsolada, a nada de colgarse y toda una serie de escenarios dramáticos, pero la sola alusión a Sabriel hacia que Dantalion se removiera incómodo.
Como si él también fuera consciente que si Sabriel se enteraba de todo eso haría algo más que ahogarlo en el Río Lete. O al menos eso esperaba Jenna.
Rubia, piel de porcelana, alta y toda la apariencia de un bonito angelito. De esos que te frustraban los planes como abrir en dos a una lagartija en venganza a unas botas hechas mierda. Jenna colocó los ojos en blanco. La rizada tenía todo un repertorio de impresiones. Desde las que debía utilizar en la Asociación Alois para demostrar al resto de la sociedad de reencarnados que no era un caso perdido hasta la genuina alegría y entusiasmo con los cuales recibía a sus amigos a sus brazos. Pero, entre esos dos extremos, habían diferentes escalas de grises—. ¿«Empezaría»? —como por ejemplo ese: Jenna enarcando una ceja conforme evaluaba la audacia de aquella de hablarle así. La reencarnada negó lentamente con la cabeza conforme reunía la misma audacia de la contraria para apuntar con el arma hacia la lagartija, la cual retrocedió en un gesto falso de temor. ¡Había sido testigo de Dantalion lanzándole el Libro de los Muertos a Salias en toda la cara!
Ni ella se osaba a ser tan desgraciada:— Vamos a hacer algo acá, bonita. Tú no vas a decirme qué hacer y yo voy a arreglar mis asuntos con esa pequeña bestia de cuatro patas. No pintas, literalmente, nada entre esa lagartija y yo. Es más, si fuera tú me alejaría de ese capullo escamoso, todo lo que atrae son problemas —con consejito y todo.
Jenna esperó que eso funcionara y la rubia bonita que, ojalá, no tuviera una pizca de la insoportable de Johvanna Holmes se retirara de escena; sin embargo, Dantalion decidió jugar sus cartas una vez más cuando dio un salto del alfeizar hacia el brazo de la rubia—. Dantalion... —empezó la rizada en un tono de advertencia, pero la lagartija continuó con su camino hasta que llegó al cuello de la desconocida, refugiándose allí y causando en la reencarnada unas terribles náuseas de tan solo imaginar esas mismas patitas caminando por su piel. Un verdadero asco.
Los ojos reptiles del demonio se clavaron en ella y cuando le sacó la lengua, Jenna liberó una mano del arma para señalarlo con este:— Estúpida bestia inmunda de los mil demonios —maldijo la eterna antes de bajar el arma, poco dispuesta a cercenar la cabeza de una desconocida solo porque tuviera al bicho ahí refugiado. Con un golpecito de la punta inferior del arma hacia el suelo, este se envolvió en un resplandor que acabó en su dedo meñique de la diestra con la forma humilde de un bonito anillo. Dantalion volvió a sonreír y Jenna lo fulminó con la mirada. Fueron unos bonitos segundos llenos de tensión. Estos acabaron cuando la rizada soltó una exhalación que tenía bastante de resignación y muy poco de conformidad. Levantó las palmas mostrándolas a ambos costados —conteniendo el claro y natural impulso de sacudirlas cuales jazz hands, porque: chica de cultura— y observó de nuevo a la rubia pinta-de-ángel:— La primera regla de las amenazas: no pides nombres, porque eso te involucra más en el crimen —la experiencia hablaba—. No sé qué es lo que es una varita, pero si te refieres a mi arma, está segura y resplandeciente, lista para recibir a esa lagartija que sigue contigo, ¿sabías que tiene una dueña, chica? —hasta podría inventarse que la dueña estaba desconsolada, a nada de colgarse y toda una serie de escenarios dramáticos, pero la sola alusión a Sabriel hacia que Dantalion se removiera incómodo.
Como si él también fuera consciente que si Sabriel se enteraba de todo eso haría algo más que ahogarlo en el Río Lete. O al menos eso esperaba Jenna.