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i’m the captain of slytherin and my own faith. | ᴍᴀʀᴀᴜᴅᴇʀ's ᴇʀᴀ ʀᴘ
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Aún tenía 13 años y aún estaba varado en el apocalipsis pero, pese a esas cosas tan ciertas en su mente, no tenía idea de cuántos minutos habían pasado ya desde que contemplaba las tumbas improvisadas que había hecho para cuatro de sus hermanos: Klaus, Luther, Diego y Allisson; Cuatro, Uno, Dos y Tres. En vano intentó dar con el cadáver de Vanya y eso, sumado a la idea de que era el único humano vivo en el planeta, lo había desbaratado a niveles que a su corta edad no debía de haber vivido, sin embargo, ¿qué de todas las cosas que habían pasado en su vida era sana realmente?

—Ni siquiera tengo otra pista, maldición —habló al aire, pese a parecer que se dirigía a las tumbas de sus hermanos. En el bolsillo derecho de su saco descansaba la prótesis de ojo que Luther sostenía en la mano aún después de muerto; el objeto, redondo y vidrioso, pesaba más que cualquier cosa, como si se hubiera absorbido el sentimiento de culpa que el chico experimentaba. Un momento de rebeldía, solamente eso le costó no poder regresar jamás.

Se aclaró la garganta en aras de deshacer el nudo que empezaba a crearse ahí y volvió a ponerse de pie, esta vez más decidido a ir hasta las últimas consecuencias para regresar. Pasaría por encima del miedo a lo desconocido —sensación que le quedó grabada a fuego en la mente una vez terminó en ese lugar— y estaría en casa para cenar. Se disculparía con su padre, les hablaría sobre lo que vio y haría todo lo necesario para evitar que el futuro acabara así. Que ellos acabaran así.

Sus manos acusaron una luz azul que fue apoderándose de ellas mientras más forzaba su don, estas también temblaban, cual si intentarán abrir una puerta tremenda mente pesada. Cinco respiró profundo y dio un último vistazo a los montículos de tierra, obligándose a ir más y más lejos, hasta que los huesos le dolieron y el vértigo se apoderó de él. De pronto un portal se abrió debajo de sus pies y lo tragó como una bestia hambrienta engulle a su presa, sin siquiera masticarla por las prisas; él gritó y lo último que vio fue el cielo anaranjado y la luna rota en el firmamento.

El asfalto lo recibió y el polvo se alzó para danzar a su alrededor, pero eso no fue todo pues una luz verdosa le pasó a centímetros de la cabeza. Con rapidez, Hargreeves giró a su costado y se levantó para empezar a correr, por suerte alguien más atacó a ese otro que lo había intentado matar y… Sí, había visto bien, eran lucecitas extrañas salidas de un pedazo de madera. ¿A dónde demonios había ido a parar ahora?
—Mierda… No, no otra vez.
 
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