Vᴀᴍᴘɪʀᴇ﹕ ᴛʜᴇ Mᴀsϙᴜᴇʀᴀᴅᴇ [Cᴀɴᴏɴ/AU] · Cʟᴀɴ﹕ Gᴀɴɢʀᴇʟ · Nᴏ ʟᴇᴍᴏɴ.
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MBa1572329 · F
El tiempo había pasado sin dar tregua; las personas habían cambiado, las edificaciones, las costumbres, sus formas de vestir. Para Mercy todo aquello pesaba en sus hombros, ya que no era muy adepta a aceptar la rapidez de los cambios como sus contemporáneas y, tal vez por eso, caía en cuenta con más rapidez de las extrañezas que salían de su normalidad. Él era una extrañeza, Cuthbet Beckett, con su personalidad chispeante -que más bien le sabía a astucia de sobra- y su aura pesada, pero refrescante, cual enorme sombra en plena luz del día.
La parafernalia que salió de los labios del vampiro no hizo sino otra cosa que entretener los oídos de Mercy, empero, aunque aquello tenía tintes de una conversación “cordial”, no existió intercambio de palabras ya que la no-viva guardó silencio, siendo su sonrisa la única respuesta a las pequeñas bromas y cuestiones. ¿Por qué? No era su naturaleza permanecer tan silenciosa, ella era diplomática y por tanto estaba acostumbrada a hablar para ocultar el hilo de sus pensamientos; ergo en aquella situación su instinto primigenio la empujaba a cerrar la boca y concentrarse mejor. No podía subestimar a alguien que emanaba tal vibración y que había aparecido por sus tierras como si fuese el dueño de todo el terreno.
Ojos, rostro, posición, ropa. No parecía un campesino y tampoco daba mucha pinta de ser alguien que trajera riqueza en sus bolsillos; se preguntó si sus hombres habrían pasado por alto hacer alguna clase de cateo debido a la simpleza de su ropa; concluyó que debió ser así merced a mirar de nuevo la posición contraria: inclinación hacia el frente, manos cruzadas, codos sobre los muslos. Parecía que estaba un tanto a la defensiva y listo para saltarle encima, pero no desarmado, no… La posición de sus manos, seguro que traía consigo armas. ¿Era difícil darse cuenta? No para la vampira, conocía bien ciertas costumbres; los adeptos a la magia se mostraban inquietos con las manos, moviendo inconscientemente algún dedo o teniéndolas libres de todo agarre, en alto o recargadas sobre sus piernas, pero nunca cruzadas; los que aprovechaban la fuerza bruta solían erguirse por completo, seguros de sí mismos y de su fuerza para repeler algún ataque, podían ir a la defensiva antes que atacar de pronto, y luego estaban los que utilizaban armas como primer recurso: acechando sin preocuparse por sus manos, pero dejando espacio para el movimiento libre de sus brazos al buscar con qué atacar.
Una copa llena de sangre fue puesta frente a ella, rompiendo el rompecabezas en su mente y obligándola a volver. Tomó el cristal entre sus fríos dedos para así agitar levemente el contenido con el fin de comprobar el tipo de sangre que se le había servido, pronto supo que era O-, su favorita; alzar la copa no le costó ningún trabajo y, aunque no se fiara de él, admitió en su fuero interno que el vampiro tenía modales al preguntar antes de hacerlo él mismo. Ella era la dueña de ese reino, al fin y al cabo.
—Brindo entonces por este inusual encuentro, señor Beckett. También quiero brindar porque sus pasos lo trajeran a éste frío palacio, en la tierra de Valkeya. ¡Salud!
Tras lo dicho, sus labios saborearon el delicioso sabor y la textura del líquido rojo al hacer contacto con su lengua. La servidumbre permaneció de pie junto a ellos en espera de la indicación para su partida, una indicación que nunca llegó; Mer no temía a ningún arma ni a ningún ser, pero prefería tener más de una carta bajo la manga por si la situación lo ameritaba, o un sacrificio. Debía admitir, aunque la idea le diera escalofríos, que el desconocido era irremediablemente apuesto a sus ojos, pese a que no fuera en absoluto el tipo usual que su hermana describiría como tal; eso era nuevo en la no-viva, ella jamás había considerado a alguien atractivo, jamás se había visto atraída a nadie. Justamente por ello era su hermana la que metía hombres a su cama como si fuesen de uso diario y trataba de convencer a Mer de arreglarse un encuentro así.
¿Podía ser que al final no fuese tan asexual como había predicado? Tal vez era simple melancolía del pasado; Beckett tenía cierto parecido en su hablar y actuar que poseía Jofranka. Decidió desechar la idea estúpida de verlo como un buen prospecto, de lo contrario no podría seguirlo leyendo ni aunque quisiera... Y, además, los hombres eran un asco, ¿quién necesitaba uno?
La parafernalia que salió de los labios del vampiro no hizo sino otra cosa que entretener los oídos de Mercy, empero, aunque aquello tenía tintes de una conversación “cordial”, no existió intercambio de palabras ya que la no-viva guardó silencio, siendo su sonrisa la única respuesta a las pequeñas bromas y cuestiones. ¿Por qué? No era su naturaleza permanecer tan silenciosa, ella era diplomática y por tanto estaba acostumbrada a hablar para ocultar el hilo de sus pensamientos; ergo en aquella situación su instinto primigenio la empujaba a cerrar la boca y concentrarse mejor. No podía subestimar a alguien que emanaba tal vibración y que había aparecido por sus tierras como si fuese el dueño de todo el terreno.
Ojos, rostro, posición, ropa. No parecía un campesino y tampoco daba mucha pinta de ser alguien que trajera riqueza en sus bolsillos; se preguntó si sus hombres habrían pasado por alto hacer alguna clase de cateo debido a la simpleza de su ropa; concluyó que debió ser así merced a mirar de nuevo la posición contraria: inclinación hacia el frente, manos cruzadas, codos sobre los muslos. Parecía que estaba un tanto a la defensiva y listo para saltarle encima, pero no desarmado, no… La posición de sus manos, seguro que traía consigo armas. ¿Era difícil darse cuenta? No para la vampira, conocía bien ciertas costumbres; los adeptos a la magia se mostraban inquietos con las manos, moviendo inconscientemente algún dedo o teniéndolas libres de todo agarre, en alto o recargadas sobre sus piernas, pero nunca cruzadas; los que aprovechaban la fuerza bruta solían erguirse por completo, seguros de sí mismos y de su fuerza para repeler algún ataque, podían ir a la defensiva antes que atacar de pronto, y luego estaban los que utilizaban armas como primer recurso: acechando sin preocuparse por sus manos, pero dejando espacio para el movimiento libre de sus brazos al buscar con qué atacar.
Una copa llena de sangre fue puesta frente a ella, rompiendo el rompecabezas en su mente y obligándola a volver. Tomó el cristal entre sus fríos dedos para así agitar levemente el contenido con el fin de comprobar el tipo de sangre que se le había servido, pronto supo que era O-, su favorita; alzar la copa no le costó ningún trabajo y, aunque no se fiara de él, admitió en su fuero interno que el vampiro tenía modales al preguntar antes de hacerlo él mismo. Ella era la dueña de ese reino, al fin y al cabo.
—Brindo entonces por este inusual encuentro, señor Beckett. También quiero brindar porque sus pasos lo trajeran a éste frío palacio, en la tierra de Valkeya. ¡Salud!
Tras lo dicho, sus labios saborearon el delicioso sabor y la textura del líquido rojo al hacer contacto con su lengua. La servidumbre permaneció de pie junto a ellos en espera de la indicación para su partida, una indicación que nunca llegó; Mer no temía a ningún arma ni a ningún ser, pero prefería tener más de una carta bajo la manga por si la situación lo ameritaba, o un sacrificio. Debía admitir, aunque la idea le diera escalofríos, que el desconocido era irremediablemente apuesto a sus ojos, pese a que no fuera en absoluto el tipo usual que su hermana describiría como tal; eso era nuevo en la no-viva, ella jamás había considerado a alguien atractivo, jamás se había visto atraída a nadie. Justamente por ello era su hermana la que metía hombres a su cama como si fuesen de uso diario y trataba de convencer a Mer de arreglarse un encuentro así.
¿Podía ser que al final no fuese tan asexual como había predicado? Tal vez era simple melancolía del pasado; Beckett tenía cierto parecido en su hablar y actuar que poseía Jofranka. Decidió desechar la idea estúpida de verlo como un buen prospecto, de lo contrario no podría seguirlo leyendo ni aunque quisiera... Y, además, los hombres eran un asco, ¿quién necesitaba uno?