Vᴀᴍᴘɪʀᴇ﹕ ᴛʜᴇ Mᴀsϙᴜᴇʀᴀᴅᴇ [Cᴀɴᴏɴ/AU] · Cʟᴀɴ﹕ Gᴀɴɢʀᴇʟ · Nᴏ ʟᴇᴍᴏɴ.
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MBa1572329 · F
[med]Intruso[/med]
¿Cuál era la posibilidad de que algún ser pudiera avanzar tanto como para adentrarse en los bosques que rodeaban el reino de las Băutor y no fuera detectado por los guardias? Ninguna, no existía ninguna maldita posibilidad y, pese a ello, todos se alarmaron hasta que el intruso estuvo a unos pasos de la puerta principal; la expresión del jefe del ejercito vampírico fue todo un poema cuando tuvo que anunciarle a la única regente disponible sobre su falla y rogar clemencia de rodillas. Era bien sabido que las Băutor no se caracterizaban precisamente por ser benévolas. Al menos no en toda la palabra.
—Levántate del suelo. — Ordenó Mercy, quien esperó a que el vampiro se encontrara erguido para ponerse de pie y abandonar así el sofá que cómodamente estaba usando para descansar. — No importa que no lo vieras venir, yo tampoco pude notarlo. — Tras lo dicho un suspiro pesado salió de entre sus labios carmesí, no era una reacción propia de la preocupación sino más bien de la molestia que le significaría a futuro, cuando tuviera que explicar a sus hermanas y oírlas escandalizarse. Lo cierto es que pudo haberse desquitado con el ser frente a ella, pero eso la obligaría a buscar a otro para su puesto y no existía reemplazo que lo igualara en capacidades. Mercy era calculadora y por ello muchos creían que era buena y débil, es decir, comparada con su hermana y sus arrebatos, sí que se le podía considerar un corderito.
—Está esperándola en el salón principal. No nos atacó… Creemos que es porque no tiene ventaja sobre nuestros números. Mi’Lady, la escoltaré si así lo prefiere.
—Iré yo misma. Estén alertas y preparen un calabozo… Por si acaso.
Mientras la no-viva comenzó a andar por los pasillos del castillo, estilo medieval gótico, sus pensamientos iban y venían entre las posibilidades de aquella visita. El jefe de ejército había dicho que el intruso no atacaba por temor a ser reducido, pero eso no podía ser una declaración más estúpida; su superioridad se había hecho presente desde el inicio al no ser notado. Mercy creía firmemente que si el extraño lo hubiera querido habría arrasado con la mitad del ejército, o tal vez más, antes de ser sometido. Se llevó la diestra hasta un mechón de cabello rebelde y lo colocó tras su puntiaguda oreja, ese era uno de los “tics” que presentaba al encontrarse tan sumergida en sus ideas. Ese fue el tic que volvió a realizar a pasos de la puerta del salón para poder volver a la realidad y enfrentar lo desconocido.
El chirrido de la puerta alertó a los presentes y fue una especie de modo de presentarse, como en los bailes formales cuando se tocaba la trompeta para avisar sobre un recién llegado. El salón principal era precioso: muros sólidos adornados con banderines de color rojo sangre, una chimenea con fuego que a nadie calentaba realmente pero que se veía elegante y una sala rústica de terciopelo rojo; lugar en el que estaba sentado el extraño y rodeado por tres soldados.
—Espero que disculpe los recibimientos tan bruscos que tuvieron mis hombres, no solemos tener muchas visitas aquí y… — Desde su vida humana la fémina había tenido un sentido del asombro enorme que, en más de una ocasión, la había salvado del peligro. Fue curioso como dejó de sentirlo al volverse vampira y fue aún más curioso como regresó apenas estudió de pies a cabeza la figura. Sus labios se entreabrieron por la sorpresa, pero no demasiado, sabía guardar las apariencias. — Quiero que nos dejen solos y avisen que nos traigan unas copas y botellas. Enmendaré su mala acción hacia este…desconocido.
Los soldados la miraron como si cuestionaran su buen juicio, ¿quería quedarse a solas con él aún con su peligrosa aparición? Mercy los miró mal y solamente eso bastó para que echaran a andar sin decir nada. Por supuesto que ella sabía del peligro pero también se sabía poderosa y, sobre todo, moría de ganas por saber más de él y de esa sensación que le causaba. ¿Cuál es el dicho? La curiosidad mató al gato, pero esa gatita no era cualquiera minina mimada; era una leona.
—Lamento mi grosería, mi nombre es Mercy, soy la reina de estas tierras, ¿y el suyo, caballero? — Preguntó segundos antes de acomodarse en el sillón al frente de él.