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SW-User
La tranquilidad que reinaba era tal, que sus ojos luchaban por mantenerse abiertos y ella despierta, por no rendirse ante el deseo de un descanso tras el abrazo de Morfeo con esos brazos firmes, llenos de seguridad, que cobijaban el descanso formando ensoñaciones con las cuales podía perderse en tan anhelados y queridos recuerdos como su infancia. Cada vez que sus ojos se cerraban por más de medio minuto, sentía que podía escuchar los pasos de su calzado golpeando los adoquines que llevaban hacia el enorme jardín del palacio; a aquel rinconcito tan especial donde podía disfrutar del aroma de las flores, corretear mariposas de colores que batían sus alas al dejar tras de sí las rosas, de distintas tonalidades de colores, donde se posaban.
— Ven aquí, pequeña, anda, regresemos a dentro. Vayamos a tomar el té. La dulce voz de aquella mujer le causó un revuelo de emociones tan grande, que le resultaba difícil comprender cuál de todas predominaba dentro del montón: felicidad, tristeza, ansiedad; ¿cuál de ellas resultaría ganadora? Era imposible no experimentar tanto ante un ser amado que ahora no existía más físicamente en el mismo plano que ellos y se mantenía más presente en sus recuerdos a través del tiempo. Podía verse a sí misma, no podía decir con seguridad si se trataba de un sueño recién creado con fundamentación de un cúmulo de momentos vividos en el pasado, o si eran los deseos que tenía de volver a verla. Y todo ello lo daba por perdido con una simple frase: Si tan solo hubiese… La pregunta la destruía, pero no con la misma intensidad que la culpabilidad, no como esa despreciable emoción que nacía en la boca del estómago y se extendía a todas partes en formas diferentes: calores vibrantes de pies a cabeza, dolores de cabeza, náuseas, sensación de febrícula y un temblor casi incontrolable en las piernas, así como las manos; una especie de síntomas ansiosos. Despertó y abrió los ojos con una velocidad sorprendente que por un momento la luz, aun siendo poca, pareció cegarle. Echó el torso hacia delante para poder apartarse del suelo, quedando sentada sobre éste con las manos a los costados de su cuerpo, y visualizó al verdadero causante de la interrupción: Una estrella fugaz. Una muy estruendosa, a decir verdad.
Sus ojos notaron la pequeñez de la estela que iba dejando a su paso, aunque ciertamente, algo dentro del recorrido, la forma y el tamaño no estaba del todo bien. ¿Realmente es una estrella fugaz? Se preguntó aquello mientras que se ponía de pie tras impulsarse con ayuda de ambas manos, las juntó al frente para sacudirlas y retirar el exceso de polvo sin perder detalle alguno de aquel astro que no tardó en ser catalogado como un simple objeto desconocido, no era una estrella, de eso estaba segura. Y es que era una de las habilidades innatas que poseía gracias a su naturaleza real, la que escondía debajo de la apariencia dulce, tierna e infantil que mostraba: Un dragón. Sus ojos cambiaron, para poder encontrarle sentido al objeto, dejando que el iris pasara del color verde hacia un color ámbar o parecido al color del oro líquido, aquel preciado material para criaturas como ella. Aun con esa apariencia de un humano común, existían habilidades que podía despertar sin causar mayor alteración ni problemas a las criaturas de su entorno tales como: un agudo sentido del oído, idéntico quizás o mejor al de un sabueso, sentido del olfato más activo y una visión que podía modificar a su antojo para amplificar los objetos gracias a esa cualidad que llamaba: El ojo dragón.
El choque de aquel artefacto, que aún no se animaba a definir, hizo temblar la tierra por cuestión de breves segundos, al menos fue así una de las tantas formas en las que ella había logrado experimentar y captar tan extraño… ¿Felino volador? Ladeó la cabeza confundida hacia el costado derecho, a juzgar por la forma de aquel objeto foráneo, no celeste, era algo sumamente raro de ver; y siendo algo que una criatura catalogada de extraña lo mencionase, de verdad tenía que ser uno de esos fenómenos que se presentaban una vez cada cientos, billones o trillones de años para presenciarle nuevamente. Utilizó la derecha para formar una especie de visor que le permitiera el ver más allá de las frondosas ramas de los pinos, creía estar segura de que su aterrizaje no estaba tan lejos de allí, al menos no volando o en algún transporte, pero podían pasar días ante de salir del bosque que rodeaba la ciudad. Y ella lo sabía bien; lo conocía bien… Y se mantenía exactamente igual que cuando tuvo que huir de casa por la guerra, correr entre las variaciones de arbustos, de pinos, entre toda esa flora que reinaba en tan maravilloso, majestuoso y oscuro lugar. Un laberinto para los desconocidos, una perdición para los no invitados que se aventuraban a tratar de llegar hacia la entrada hacia la capital dragón para vaciar las arcas del oro allí guardado, para destruir la tranquilidad en que se vivía desollando a todo aquel.
— Ven aquí, pequeña, anda, regresemos a dentro. Vayamos a tomar el té. La dulce voz de aquella mujer le causó un revuelo de emociones tan grande, que le resultaba difícil comprender cuál de todas predominaba dentro del montón: felicidad, tristeza, ansiedad; ¿cuál de ellas resultaría ganadora? Era imposible no experimentar tanto ante un ser amado que ahora no existía más físicamente en el mismo plano que ellos y se mantenía más presente en sus recuerdos a través del tiempo. Podía verse a sí misma, no podía decir con seguridad si se trataba de un sueño recién creado con fundamentación de un cúmulo de momentos vividos en el pasado, o si eran los deseos que tenía de volver a verla. Y todo ello lo daba por perdido con una simple frase: Si tan solo hubiese… La pregunta la destruía, pero no con la misma intensidad que la culpabilidad, no como esa despreciable emoción que nacía en la boca del estómago y se extendía a todas partes en formas diferentes: calores vibrantes de pies a cabeza, dolores de cabeza, náuseas, sensación de febrícula y un temblor casi incontrolable en las piernas, así como las manos; una especie de síntomas ansiosos. Despertó y abrió los ojos con una velocidad sorprendente que por un momento la luz, aun siendo poca, pareció cegarle. Echó el torso hacia delante para poder apartarse del suelo, quedando sentada sobre éste con las manos a los costados de su cuerpo, y visualizó al verdadero causante de la interrupción: Una estrella fugaz. Una muy estruendosa, a decir verdad.
Sus ojos notaron la pequeñez de la estela que iba dejando a su paso, aunque ciertamente, algo dentro del recorrido, la forma y el tamaño no estaba del todo bien. ¿Realmente es una estrella fugaz? Se preguntó aquello mientras que se ponía de pie tras impulsarse con ayuda de ambas manos, las juntó al frente para sacudirlas y retirar el exceso de polvo sin perder detalle alguno de aquel astro que no tardó en ser catalogado como un simple objeto desconocido, no era una estrella, de eso estaba segura. Y es que era una de las habilidades innatas que poseía gracias a su naturaleza real, la que escondía debajo de la apariencia dulce, tierna e infantil que mostraba: Un dragón. Sus ojos cambiaron, para poder encontrarle sentido al objeto, dejando que el iris pasara del color verde hacia un color ámbar o parecido al color del oro líquido, aquel preciado material para criaturas como ella. Aun con esa apariencia de un humano común, existían habilidades que podía despertar sin causar mayor alteración ni problemas a las criaturas de su entorno tales como: un agudo sentido del oído, idéntico quizás o mejor al de un sabueso, sentido del olfato más activo y una visión que podía modificar a su antojo para amplificar los objetos gracias a esa cualidad que llamaba: El ojo dragón.
El choque de aquel artefacto, que aún no se animaba a definir, hizo temblar la tierra por cuestión de breves segundos, al menos fue así una de las tantas formas en las que ella había logrado experimentar y captar tan extraño… ¿Felino volador? Ladeó la cabeza confundida hacia el costado derecho, a juzgar por la forma de aquel objeto foráneo, no celeste, era algo sumamente raro de ver; y siendo algo que una criatura catalogada de extraña lo mencionase, de verdad tenía que ser uno de esos fenómenos que se presentaban una vez cada cientos, billones o trillones de años para presenciarle nuevamente. Utilizó la derecha para formar una especie de visor que le permitiera el ver más allá de las frondosas ramas de los pinos, creía estar segura de que su aterrizaje no estaba tan lejos de allí, al menos no volando o en algún transporte, pero podían pasar días ante de salir del bosque que rodeaba la ciudad. Y ella lo sabía bien; lo conocía bien… Y se mantenía exactamente igual que cuando tuvo que huir de casa por la guerra, correr entre las variaciones de arbustos, de pinos, entre toda esa flora que reinaba en tan maravilloso, majestuoso y oscuro lugar. Un laberinto para los desconocidos, una perdición para los no invitados que se aventuraban a tratar de llegar hacia la entrada hacia la capital dragón para vaciar las arcas del oro allí guardado, para destruir la tranquilidad en que se vivía desollando a todo aquel.