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AemondTargaryen · 31-35
No podía decirse que realmente lucían como una pareja que hiciera juego. Abdel era de un sólo color manta, pero ella era toda una diosa ataviada en púrpura. Lamentó bastante no poder usar las ropas de la realeza que vestía de antaño, algo que pudiese combinar con lo magnífica que era ella.

Incluso su propia esposa sentiría celos de si misma.

Se mantuvo cerca de ella, incluso le ofreció su brazo de vez en cuando. Eso no pasó desapercibido para sus hermanos, que comí hombres no sólo se fijaban en ella, también miraban al imbécil que la acompañaba.

Uno en específico miraba con más sospecha que envidia o deseo.

Llegaron al pueblo del norte apenas amaneció. Los artistas lucían radiantes y los vendedores se transformaron de indigentes a sabios intelectuales bien vestidos que conocían su mercancía; el parecía reírse en cada mentira que ya conocía.

Condujo a Jana hacia un puesto de asado, pagando por una buena comida para ambos.
 
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