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La reacción contraria fue inesperada. Sí, había cambiado y Nye estaba entre dos emociones: molestia, porque odiaba recibir órdenes y vergüenza, porque la estaba tocando por primera vez en años. Entre cerró los ojos, aún con el tenue sonrojo en sus mejillas y lo tomó de la muñeca para apartarle la mano con un poco de fuerza. —Me temo que no soy buena para seguir órdenes, a duras penas y sigo consejos. (??)
 
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