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—Él nunca fue bueno para tratar con los demás, menos si se mostraban amenazantes para su ser, manteniéndose encogido de hombros.
Tembló un poco, negando un par de veces, abriendo apenas los ojos para observarlo.—

N-no... Déjame, por favor. —Insistió de nuevo.—
 
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**Para el esparvus no es más que un deleite ver como el ser platinado vanamente intenta resistirse a sus acciones.
Con mayor ímpetu, jala aún más la cabellera ajena, para que este no pueda forcejear y se mantenga sometido a sus deseos; y, aún más importante, sea incapaz de defenderse con aquellos cuernos, o soltar una mordida que lo obliguen a soltarlo.
Aún con la mano en el cuello ajeno, libera parte de la presión con la que lo sujeta. Aunque no lo hace del todo. Sigue manteniendo la firmeza en el agarre, pero lo deja respirar apenas. Tampoco lo liberará, ni le dejará permitir tomar todo el aire. No hasta que aprenda quien manda durante esa noche.

Incrustando más la punta filosa de su cola en la ajena, para hacer que el oriental suelte su pierna, se inclina, para respirar, y posteriormente lamer de manera morbosa, e incluso irrespetuosa, el cuello ajeno. Entre ello, le hace sentir apenas su afilada dentadura.
No la incrusta, aún; simplemente le hace saber
(...)
 
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