Mentiría si dijera que no extraño aquellos días, donde los humanos agradecían y compartían conmigo los bienes de la madre tierra. No, el ser alabado no me importaba. El ser considerado una deidad era demasiado pero a ellos los hacía felices y a mí me hacía feliz verlos... ¿Por qué las cosas no pudieron mantener ese cause? Dónde la armonía reinaba y no había envidias ni codicia. Extraño esa época, la época en qué podía ser libre.