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Tacones rojos, labial rojo. Wei Wuxian no tenia que ser un genio, aunque si lo era, para saber lo que su amado esposo deseaba y como la vergüenza no era algo que compartiera con los otros seres humanos no fue demasiado problema meterse dentro de aquel corto y suave vestido rojo a juego con sus tacones, y labial.

Con su cabello atado en una media coleta y las caderas moviéndose de forma coqueta camino hasta el estudio de su pareja, lo vio sentado rígidamente frente al escritorio y soltó una risita llamando su atención.
—Señor Lan—llamo caminando hacia el y sentándose en su regazo
 
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Se consideraba un fiel seguidor a su propio trabajo. Atento, profesional. Nada ni nadie en el mundo puede romper la barrera de sus obligaciones, podría estar trabajando en el hospital mismo pero por dios... A de ser pendejo pensar que de todas las razones su punto de quiebre fuera la hermosa, apasionada, corrupta imagen de su esposo. El era capaz de dominarle con solo una sonrisa, un baile, un te amo proveniente de esos labios. El era su rosa roja: amor y pasión. Deseo y delirio.

En cuanto la puerta se abrió sus ojos desviaron a dirección a la tentación encarnada. Sus manos dejaron de teclear y fue el momento de tirarse por un risco y ser plenamente de el.

Segundos rápidos en acciones y lentas en imágenes. Se giro en su propia silla por culpa de esas manos traviesas y su cuerpo mismo acepto encajando plenamente en el molde de su cintura. Aseguro de verle de abajo hacia arriba y disfrutar de su sonrisa. El triunfo era claro y como buen niño aceptaría su premio.
 
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