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Era frío al tacto y por esa misma razón resultaba tan reconfortante. Dejándose llevar, solo inclinó más su cabeza sujetando esa fuerte muñeca y cual mascota consentida apretó su mejilla en esa fría palma en busca de más caricias.
 
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Inconsientemente su mirada se alzó al cielo cuando el dragón comenzó a describir su hogar. Sonaba maravilloso, como una pintura preciosamente creada de un paisaje celestial. La promesa del frío era atrayente, casi tanto como ese par de soles que lo observaban cálidamente, sus colas comenzaron a menearse animadas; pero había un pequeño problema.

—Hum... El de la barba—comento con un puchero, inflando sus mejillas por recordar la vez que ese sujeto vestido de blanco lo había alejado del pie de la montaña con un desdeñoso "Shu" ¡Él no era un perro para ser tratado así!—No me agrada el señor de la barba y él vive allí ¿Cierto? Me echo como a un perro....
 
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