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Kail33na · 100+, F
Inoportuno el Febo que se alza en el puro firmamento radiando sobre los parajes del lugar, e insaciable por deslumbrar los más recónditos secretos… ¡Qué infernal calor! Que desdicha para aquellos que aún no acostumbran a los radicales ambientes de la naturaleza, mas no lo era para aquella enigmática fémina que en infértiles destinos hubo estado en gran parte de su pasado. Los pasos delicados sólo hacían ver una efímera imagen, como un susurro del viento que viene y va… el sigilo que procuraba tener podría darle sospecha a cualquiera; sin embargo, no era algo anormal para los esmeraldas que desde mucho tiempo observan el mundo y sus secretos.
El céfiro en seco y atrevido tomó la cabellera oscura como la dama de su baile, y ésta con sutileza su vaivén realizaba. También en ocasiones rozaba la tersa, blanca y prohibida piel para aplacarse en el descanso que su embelesadora dueña obligaba con su mano, pues los mechones que obstruían la vista no eran del todo agradables.
Habían tantos árboles como para ocultar al mundo de los humanos la existencia de aquella divina presencia, que no desistiría en silencio quedar, así lo postularon los rojizos labios hasta que “se profane la tranquilidad de su ser”. Aquellos sensuales rebordes compaginarían perfectamente con la etérea silueta y sus extravagantes vestimentas que dictaban otra época, otra esencia; y el misterio que le envolvía podrían relatar mil y un historias de un sarcófago empolvado donde yacen las leyendas del mundo ante “la mujer” de irreal belleza y temple.
Gustaba de su soledad, por ello no tenía razón para salir del exuberante bosque que se encontraba cerca de alguna ciudad comandada por esos mortales e impuros hombres. Además, había razones más importantes que calarían en la mente de la femenina como para desviarse con prontitud y negligencia. Así se perpetuaba la caminata de aquella, hasta haber sido obstruida por un inmenso “cerezo” sobre una leve colina.
No fue hasta en ese momento que la concentración se desmoronaba para contemplar lo que la tierra le incitaba a que viese. Su rostro de porcelana, se elevó captando el teñir rosa en la copa inmensa que tenía por cielo…
El céfiro en seco y atrevido tomó la cabellera oscura como la dama de su baile, y ésta con sutileza su vaivén realizaba. También en ocasiones rozaba la tersa, blanca y prohibida piel para aplacarse en el descanso que su embelesadora dueña obligaba con su mano, pues los mechones que obstruían la vista no eran del todo agradables.
Habían tantos árboles como para ocultar al mundo de los humanos la existencia de aquella divina presencia, que no desistiría en silencio quedar, así lo postularon los rojizos labios hasta que “se profane la tranquilidad de su ser”. Aquellos sensuales rebordes compaginarían perfectamente con la etérea silueta y sus extravagantes vestimentas que dictaban otra época, otra esencia; y el misterio que le envolvía podrían relatar mil y un historias de un sarcófago empolvado donde yacen las leyendas del mundo ante “la mujer” de irreal belleza y temple.
Gustaba de su soledad, por ello no tenía razón para salir del exuberante bosque que se encontraba cerca de alguna ciudad comandada por esos mortales e impuros hombres. Además, había razones más importantes que calarían en la mente de la femenina como para desviarse con prontitud y negligencia. Así se perpetuaba la caminata de aquella, hasta haber sido obstruida por un inmenso “cerezo” sobre una leve colina.
No fue hasta en ese momento que la concentración se desmoronaba para contemplar lo que la tierra le incitaba a que viese. Su rostro de porcelana, se elevó captando el teñir rosa en la copa inmensa que tenía por cielo…