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Hacía ya un par de días que Mikhe había huído de aquella extraña chica. Inquietante, como... muerta. Si. Así podría juzgarla, como una muñeca que se mantiene de una manera inquietante, en movimiento.
Sin embargo no tuvo valor de volver al trabajo en la siguiente noche, hasta otra después.
Para su fortuna; el chico no se encontró nuevamente con esa tipa.
Como es su rutina, se mantiene en la esquina de las calles en auel vecindario donde abundan los casinos, los bares, y los hoteles. Vestido como una colegiala, como es su papel, y como sus clientes, viejos y nauseabundos se derriten al verlo
 
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El esparvus arquea una ceja con cierta incredulidad, a las palabras de la vampiresa. Realmente no entiende quien carajo pagaría por cogerse a un mocoso llorón con un color de cabello parecido al vómito de un troll. O al menos, eso le parece al azabache.
–¿No me has escuchado lo que te dije? Hay cazadores cerca...
La charla es interrumpida por un rápido movimiento del azabache con la mano, en el cual, al momento levanta una pared de cristal carmesí con destellos de oscuridad, pared que cuando es golpeada por una bala se fragmenta en trozos, tras una fracción de segundo, algo que alcanza al azabache para desviar el disparo con su daga.
-Llevate a tu maldita cosa...
Replica con frialdad despectiva, mirando con una furia, tan abrumadora hacia el lugar del que provino el disparo, tanto, que el mismo gesto casi deforma las facciones atractivas del joven.
Aquel gesto, tan sólo lo han provocado Arfirus. Que unos cerdos mortales lo hagan, sólo con utensilios mágicos... no perdonará a esas
 
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