36-40, M
Todo lo Hace y lo trasnforma en delirio
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Iriel · 70-79, F
*La dama de las agudas orejas se encontraba sentada a los pies de un baobab antiquísimo cuya altura inconmensurable sólo podría ser comparable a la de un cerro o montaña pequeña. Sus raíces parecían rebelarse en contra de la gravedad, alzándose como brazos lejos del prado y del mundo subterráneo, enroscándose en otros árboles más jóvenes, bebiendo de su savia y sus nutrientes. Entre aquellas últimas dichas es que la mujer de silueta estilizada y de cabellos tan blancos como la nieve estaba reposando sobre una silla creada de hiedras frescas, pobladas de ínfimas flores blancas y ramas jóvenes, asiento que obedecía caprichosamente al deseo de su magia y que volvía ese entorno resguardado de la luz impiadosa del sol, su aposento.
Ataviada con telas de seda blanca que, en conjunto con su piel clara y rozagante recordaban a una escultura propia del arte romano, y cuyos pliegues ululaban y acariciaban el prado con su roce hasta en el más mínimo movimiento de la doncella elfo, es que cubría su figura fina, retrato que culminaba con un rostro de facciones pueriles, de proporciones tan exactas que llegarían a molestar y a intrigar a ojos humanos, y portadora de un mirar almendrado y sagaz que parece haber estado engarzado con la más dulce y noble miel en cristal.
Un poder oculto y determinante se escondía bajo un ánimo afable y sereno de Isilië, controlado por la bondad de ser quien ella misma era. Su presencia estaba dormida por gusto propio en cuanto sintió llegar la nueva presencia, cuya energía parecía ser manifestada en todo su esplendor. Una sonrisa suave se trazó en los labios de la elfo, esperando el real encuentro para saludarle.*
Ataviada con telas de seda blanca que, en conjunto con su piel clara y rozagante recordaban a una escultura propia del arte romano, y cuyos pliegues ululaban y acariciaban el prado con su roce hasta en el más mínimo movimiento de la doncella elfo, es que cubría su figura fina, retrato que culminaba con un rostro de facciones pueriles, de proporciones tan exactas que llegarían a molestar y a intrigar a ojos humanos, y portadora de un mirar almendrado y sagaz que parece haber estado engarzado con la más dulce y noble miel en cristal.
Un poder oculto y determinante se escondía bajo un ánimo afable y sereno de Isilië, controlado por la bondad de ser quien ella misma era. Su presencia estaba dormida por gusto propio en cuanto sintió llegar la nueva presencia, cuya energía parecía ser manifestada en todo su esplendor. Una sonrisa suave se trazó en los labios de la elfo, esperando el real encuentro para saludarle.*