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Daughter of Lilith // Queen of Hell
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Fl1558148 · M
En contraste con la actitud impaciente de su anfitriona, Flauros mantenía un estado de calma absoluta. Apenas y se dignó desviar la mirada cuando Lilim mencionó el té, pues la mantenía fija en la chica, estudiándola, midiéndola con la pericia que su experiencia al tratar con rivales y aliados por igual le había dejado; e incluso esa pausa no duró más de un instante, pues pronto el diablo siguió con ella los andares de aquella silueta grácil, hasta que ella se detuvo frente al ventanal. Se sintió tentado de alcanzarla y echar un vistazo a través de los cristales, aguijoneada su curiosidad al pensar en cómo se vería el mundo desde aquel castillo; no obstante, se abstuvo y, en vez de ello, sus pasos se hicieron oír por encima del silencio que precedió a las palabras de la diablesa, cuando el varón se acercó al servicio de té para hacerse con la taza que lo esperaba, a la que acercó la nariz con expectación; el aroma fue del agrado de su olfato, por lo que pronto el gusto también pudo disfrutar de la infusión merced a un sorbo prolongado que llenó sus papilas con el sabor cálido de la bebida.

Aprovechó esa pausa para cavilar. ¿Qué podría ofrecerle ella? Cierto era que, como la mayoría de los altos seres infernales, conocía la leyenda detrás de Lilim; de la misma forma en que tenía presentes los más antiguos mitos de su raza y el folclor de tantas otras, como una suerte de cultura general a la que no había prestado gran atención y dado mucho menos importancia. Pero en los avernos, todo era posible; y, si bien jurar pleitesía no era muy de su agrado - acción que iría en menoscabo de su albedrío, tan precioso para él -, no podría descartar la posibilidad de una alianza. Se demoró más de lo necesario en beber el té. Cuando el tintineo de la porcelana sobre la mesa hizo acto de presencia, su voz lo hizo también, tan firme y clara como cada vez que Flauros recurría a la diplomacia; teñida, asimismo, de un matiz autoritario que era innato en él.

La conozco. Es una de nuestras más viejas historias, y no cabe duda que, hoy más que nunca, reviste especial importancia para nuestros iguales. ¿Te alzarás, Lilim, para tomar posesión del viejo reinado? ¿Pretendes que sea tu siervo... O tu aliado?

Por la forma en que lanzó la última pregunta, quedaba claro que se trataba de una negativa disfrazada: la sutileza de su habla llevaba implícita la rebeldía que distinguía al Leopardo Blanco, impidiéndole subyugarse al dominio de nadie. Sin embargo, tampoco había ido hasta ahí solo para desairar a Lilim; de modo que buscó el cruce de miradas antes de continuar, intentando aclarar, si no es que reafirmar, sus intenciones.

Siempre ambicionaré más; pero no he nacido para ser gobernado, sino para mandar. Puedo pelear a tu lado, hija de Lilith; tendrás mi lealtad mientras cuente con la tuya. Si deseas una alianza, hablemos; de otro modo, me temo que he de rechazar la oportunidad de servirte.
 
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