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— La regla número uno, mi querida señorita, es jamás bajar la guardia ni por un instante. Aún si estuviese del otro lado de Teyvat, no dejaría de preocuparme porque, ¿quién no mataría por compartir un minuto de su tiempo con semejante belleza? —Le sonrió, tan amplio y pícaro que de a poco la risa asomó en su garganta. Conteniéndose de convertir su seriedad en una broma.— ¿A dónde dice? A todos lados, a mi corazón, a mis sueños. A donde usted quiera ir, mi adorada princesa.
 
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