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No lo podía creer y ello se notaba en el rostro tan ingenuo que tenía. El maestro Crepus, siempre me había sorprendido, pero creo que ese era el día que se llevaba el premio. De haber sido Diluc, quizá me habría dado un buen sermón sobre lo preocupado que estaba y lo irresponsable que era de mi parte el desaparecer sin decirle a nadie o siquiera pedirle permiso para marcharme. Pero no, allí estaba, solo diciendo cosas normales: Lo mucho que le alegraba verme de nuevo, sano y salvo, lo feliz que estaba de que nada me hubiese sucedido y lo angustiado que se sentían todos en casa al instante que nadie me pudo encontrar en la mansión o entre las vides.

Yo no podía decir nada. ¿Qué le iba a decir? Pedirle un regaño me parecía tonto, porque seguramente se reiría de lo ingenuo que era y me echaría en cara que no lo merecía, que tal vez era un instinto natural y que me podría convertir algún día en un valiente aventurero o un valeroso comerciante que recorría todas las calles de Teyvat.
 
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