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Pero, pensándolo bien, tan solo me anticipé a la realidad, a lo que debía ser y tenía que suceder, porque vamos, sabía que eso tendría que pasar tarde o temprano. Solo que yo deseaba, en lo más profundo de mí y con cada una de mis entrañas, que hubiese una sola gota de compasión.
En ese momento no sabía qué dolía más. La impotencia, la incomprensión, esa sensación de ahogo que se produce cuando te estrujan el corazón en pedazos; pero, mucho tiempo después lo descubrí. Dolía más el acero, el calor, el fuego, esa rabia en los ojos de quien consideré un hermano y me miraba con desprecio, con el deseo de hacer pedazos y calcinar todo lo que estaba a su alrededor.
Los hombres son raros cuando los invade la rabia. Corroe sus mentes, los despoja de sentimientos y razón, les remueve todo sentido de humanidad para convertirlos en bestias que siguen impulsos violentos e irracionales. Pero, ¿qué más daba? ¿qué más quedaba?
En ese momento no sabía qué dolía más. La impotencia, la incomprensión, esa sensación de ahogo que se produce cuando te estrujan el corazón en pedazos; pero, mucho tiempo después lo descubrí. Dolía más el acero, el calor, el fuego, esa rabia en los ojos de quien consideré un hermano y me miraba con desprecio, con el deseo de hacer pedazos y calcinar todo lo que estaba a su alrededor.
Los hombres son raros cuando los invade la rabia. Corroe sus mentes, los despoja de sentimientos y razón, les remueve todo sentido de humanidad para convertirlos en bestias que siguen impulsos violentos e irracionales. Pero, ¿qué más daba? ¿qué más quedaba?
[ III ]
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