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AsLeer · M
Sus pisadas resonaban por cada paso que daba, pero no eran las únicas que lograban hacer eco entre las paredes; Helena parecía estarlo siguiendo y, aunque al inicio había tenido la intención de decirle que volviera a la habitación, estaba muy cansado y adolorido como para pelear o decir otra palabra. Tras cruzar el umbral de su puerta, Avicus se aflojó la corbata y prosiguió a desabrocharse el cinturón para después quitárselo; contempló por un momento la posibilidad de una ducha caliente, sin embargo, la pereza y la jaqueca vencieron a la rutina, haciendo que el rubio se dejara caer en la cama sin más remedio. Ni siquiera se había quitado los zapatos y ya estaba navegando en los mares del mundo onírico.
 
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