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—Oh... Qué ropa tan vergonzosa, y seguro creerá que me veo ridícula. ¿Fue un mal regalo?
 
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Sólo apretó sus párpados, igualmente sus labios. Contuvo así lo que seguramente habría sido un muy ruidoso gemido. ¿Le gustaba exponerla de esa manera? Su cuerpo se contrajo, entre el pudor que sentía y el placer que esos bruscos arrebatos ajenos le causaban.

Ahora sí que rasguñó su espalda, mas ello fue totalmente inconsciente. En silencio agradeció que el haya decidido besarle de nuevo, pues esos alaridos que contenía en su boca de inmediato hicieron erupción sobre la ajena. Lograba incluso seguirle el paso ahora, enfrascarse con él en un pasional y húmedo beso, al tiempo que sus manos acariciaban la nuca y esos preciosos cabellos azabache.

Le pedía más, le pedía todo, y lo hizo a través de la humedad incontenible con la que había manchado su pantalón. Avergonzada en el fondo por ensuciarle, pero inevitable era.
 
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