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** La mirada de El Cid permanece sobre el caballero de bronce con fijación, penetrante y seria. Su alta concentración se presta en un momento, con el ceño ligeramente fruncido ante el entusiasmo de sus palabras. Nada más observar la acometida de frente que lleva a cabo, su cuerpo se prepara por instinto, sobretodo al percibir esa velocidad que le hace situarse ante él en un abrir y cerrar de ojos. Sus brazos se alzan rápidamente en forma de equis frente a él para cubrirse nada más verlo sobre él, pudiendo así bloquear con la parte conjunta de sus antebrazos el puñetazo enemigo al subirlos en reacción ágil; un puñetazo que chocaría contra el material de sus piezas de armadura (y que en caso de no llevar él un guante armado, le habrían salido los nudillos adoloridos).
Los ojos de El Cid no pestañean, ni siquiera varían de franja de visión; como si se tratara de una estatua de ojos pintados pero con una mirada afilada que, si pudiera, lo mataría sin más. Sus piernas quedarían...
Los ojos de El Cid no pestañean, ni siquiera varían de franja de visión; como si se tratara de una estatua de ojos pintados pero con una mirada afilada que, si pudiera, lo mataría sin más. Sus piernas quedarían...
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