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Una segunda bolsa yacía al costado de la amazona, la tomó y se la mostró a la pelirroja, guiñándole un ojo. Lo primero que extrajo fue una papa frita y se la fue comiendo lentamente. A esa altura, el gélido viento nocturno ondeaba su larga melena negra. De vez en vez se aseguraba de tener bien colocada su tiara y se pasaba por la espalda los cabellos rebeldes.
— Comprendo. No hay una labor más noble que la de quien hace las cosas desinteresadamente, sin buscar reconocimiento —dicho esto, dio una primera mordida a su hamburguesa, enfocando su mirada en uno de los edificios más altos de la ciudad, uno que cambiaba de color cada tantos minutos, tratando siempre de adivinar cuando sería el siguiente. La compañía de la vigilante le inspiraba cierta paz, hicieran lo que hicieran, estuvieran donde estuvieran—. Gracias, así será —volteó a verle y asintió. Por supuesto que aceptaría su ayuda. Cada vez se sentía más cercana a ella. (...)
— Comprendo. No hay una labor más noble que la de quien hace las cosas desinteresadamente, sin buscar reconocimiento —dicho esto, dio una primera mordida a su hamburguesa, enfocando su mirada en uno de los edificios más altos de la ciudad, uno que cambiaba de color cada tantos minutos, tratando siempre de adivinar cuando sería el siguiente. La compañía de la vigilante le inspiraba cierta paz, hicieran lo que hicieran, estuvieran donde estuvieran—. Gracias, así será —volteó a verle y asintió. Por supuesto que aceptaría su ayuda. Cada vez se sentía más cercana a ella. (...)
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