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-Aún tiritando, jadeó en protesta a su orden. Lentamente y soltando un bostezo, se sentó en la cama, abrazando aún la almohada y dejó que Daemon le secara el cabello. Se quedó en silencio unos segundos, siendo solo el sonido de la secadora llenando la habitación, que estaba impregnada del aroma a colonia del albino. Se observó la mano que tenía apoyada en la almohada que abrazaba y reconoció el brillo del oro tallado, el anillo de matrimonio que había tomado tiempo atrás del joyero de esa misma habitación.

—¿Por qué no volviste a casarte? —soltó de improviso, sin pensar siquiera en lo que su pregunta pudiera acarrear-
 
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