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Mis cazadoras me siguen en mis aventuras. Son mis servidoras, mis camaradas, mis fieles compañeras de armas.
 
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—Mientes—la contrario con gran severidad. La divina virgen saetero tomó con firmeza la barbilla de la joven doncella, obligándola a mirarla a esos ojos que hacían juego con el bosque— Mírame a los ojos, Elizabeth.
 
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