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AemondTargaryen · 31-35
Tomó la botella y escucho la explicación con atención. Zeyia y su abundancia en venenos y otras armas discretas, como siempre. Al llegar pensó que la espada le sería útil, hasta que descubrió que las hojas de acero usualmente eran envenenadas por allí. Cambio a la lanza de inmediato; entre más lejos los enemigos mejor. La misma colgaba de su espalda, aunque se había hecho con varias hojas curvas y dagas ocultas entre sus ropas.

— Lo tomaré. — Respondio, y entonces la miró andar dándole la espalda. Por unos segundos su mirada dura no pudo evitar enternecerse; no cabía duda que era Jana. Era el mismo contoneo al caminar, la altanería e independencia. No obstante, tras esos largos años de su ausencia se había labrado algo de resistencia, así que logró solo enfocarse en la botella y asentir.

Se marchó sin despedirse, puesto que ya había logrado algo: encontrarla. Miró a su alrededor en esa calle y estudió el hogar de quién pensó alguna vez fue su esposa.
 
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