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AemondTargaryen · 31-35
El hombre pareció alzar su barbilla y mirarla con superioridad por instantes desde su estatura, casi ejerciendo un extraño desprecio en silencio. En ese lapso sus puños de momento vacíos abrían y cerraban sus dedos, como si no pudiese decidir qué hacer con ellos en ese instante.

Casi parecía como si quisiera matarla. ¿Tendría la bruja enemigos como para caer en la conclusión de que no era un cliente, si no un ejecutor?

Lo que ella no sabía era que ese hombre en esos segundos pasó por todo un viaje en su cabeza, y cualquiera que fuese la conclusión al final relajó su postura, consciente de cómo se veía. Él se giró como si buscara distraerse con el entorno, hasta que con un ademán lleno de desdén señaló algo que ni siquiera identificó bien sobre el mostrador. Quizás y hasta ordenó comprar algo ridículo.

— Quiero uno de esos. —
 
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