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AemondTargaryen · 31-35
Sus dedos acariciaron el grabado de la corona de Aegon el Conquistador, una reliquia ruda pero elegante. El corazón se le hundió con miedo, pues iba a pagar un precio inmensamente alto por ella, pero tenía que admitir que eso le emocionaba.
No había otro lugar en el mundo para él, por más profesiones y viajes que había experimentado. Adoraba la vida con su esposa, pero siempre hubo algo que su sangre le pedía y faltaba; él era Rey. Y ante el asentir de su esposa decidió decir sólo un par de palabras antes de salir de la vida común.
— Te amo, Jana. — Y tras ello la corona volvió a su cabeza al colocarla usando ambas manos.
Su único ojo cobró un brillo único. Ante la tortura había perdido su parche, así que ese safiro parecía imitar la misma vida de su orbe. Enderezó su cuerpo, envío las manos a su espalda baja y asi observó llegar uno a uno a su familia, otros guardias inútiles y al consejo.
Estaban atónitos. Y él tan sólo sonrió.
— Hola, imbéciles. Ahora las cosas van
No había otro lugar en el mundo para él, por más profesiones y viajes que había experimentado. Adoraba la vida con su esposa, pero siempre hubo algo que su sangre le pedía y faltaba; él era Rey. Y ante el asentir de su esposa decidió decir sólo un par de palabras antes de salir de la vida común.
— Te amo, Jana. — Y tras ello la corona volvió a su cabeza al colocarla usando ambas manos.
Su único ojo cobró un brillo único. Ante la tortura había perdido su parche, así que ese safiro parecía imitar la misma vida de su orbe. Enderezó su cuerpo, envío las manos a su espalda baja y asi observó llegar uno a uno a su familia, otros guardias inútiles y al consejo.
Estaban atónitos. Y él tan sólo sonrió.
— Hola, imbéciles. Ahora las cosas van
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